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Oración a San Celestino I

Celestino I fue el papa de la iglesia católica N° 43. Su mandato como papa duró casi diez años, desde el 422 hasta el 432. Durante este tiempo, Celestino I trabajó por restaurar y fortalecer la fe en medio de numerosas amenazas de doctrinas herejes que surgieron tras la muerte del papa Bonifacio I y que llevaron a la realización del concilio de Éfeso. Su celebración litúrgica se lleva a cabo el día 27 de agosto.

Se conoce poco de los primeros años de vida del papa Celestino I. Nació en la segunda mitad del siglo IV, en el seno de una familia romana cristiana. Aunque no se conoce a ciencia cierta cómo fueron sus primeros pasos en la religión, se sabe que durante su formación tuvo contacto con personas influyentes, como San Antonio abad, y san Agustín, quien ya lo reconocía con elogios en el año 418, información extraída de unas cartas.

A la muerte del papa Bonifacio I, el 10 de septiembre del año 422 Celestino I es consagrado como el Sumo Pontífice. Durante su mandato, tuvo que hacerle frente a numerosas doctrinas de herejes que habían sido condenadas y controladas por su antecesor y que nuevamente intentaban ganar terreno en las provincias, entre ellas el pelagianismo, el donatismo, el maniqueísmo y el nestorianismo, esta última con gran influencia pues era promovida por el emperador Nestorio de Constantinopla, el cual separaba la naturaleza divina de Cristo, y degradaba la condición de la Virgen María.

Celestino I se encargó de corregir los abusos de los miembros de la iglesia, fortalecer la fe y la doctrina cristiana y defender los intereses religiosos. Fue promotor importante para la realización del concilio de Éfeso, donde envió a sus delegados Arcadius y Projectus, ambos obispos, y al sacerdote Filipo, para participar de las discusiones. El resultado de dicho concilio fue la condena de las doctrinas de herejes y la reafirmación de la virgen María como madre de Dios.

El papa Celestino I falleció el 27 de julio del año 432, siendo su cuerpo enterrado en una capilla del cementerio de Priscila. En el 817 sus reliquias se trasladaron a la Basílica de Santa Práxedes.